Friday, 22 October 2010

La Calle, poema de Octavio Paz
















Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

Fotografía©Lalo Borja-Toronto 1977

Wednesday, 13 October 2010

Canterbury Arts Festival 2010





































This is one of the dozen images that will be on display in Whitstable, (funky seaside town, my home town), during most of the month of October. This event is part of the larger Canterbury Arts Festival, which covers the neighbouring towns close to the seat of the Church of England. I will see some friends at 5 Clare Road, the house where the show will take place and I will meet some new friends who will come to see what's in store.

Eadweard Muybridge, padre de la fotografía en movimiento




































Muchos capítulos en la vida de Eadweard Muybridge pueden leerse fácilmente como un guión de cine. Desde el cambio de nombre escrito con rimbombante altisonancia al arribar en California, pasando por un accidente que casi le cuesta la vida a finales de la década de 1850.
Hay, sin embargo, un hecho altamente dramático que le sitúa como actor principal de un crimen pasional con el cual quiso mitigar y castigar por las armas el adulterio de su joven esposa en San Francisco en 1874.
La crónica da cuenta del encuentro en que el fotógrafo, antes de ultimar de un disparo al amante de su esposa, un Mayor del ejército de nombre Harry Larkyns, le saluda cortésmente: “Buenas tardes, Mayor, mi nombre es Muybridge y esta es la respuesta a la carta que usted ha enviado a mi esposa…” al tiempo que abre fuego.
Uno de los planteamientos de la defensa a su favor arguye que los severos golpes recibidos en la cabeza varios años antes, en el volcamiento de una diligencia en la que viajaba, le habían robado parte de su sentido común.
Muybridge fue juzgado bajo la acusación de asesinato pero fue dejado en libertad ante la exitosa ponencia de “homicidio justificable” presentada por su abogado.
Para la época del crimen Muybridge estaba concentrado en su más conocida obra científica: el estudio fotográfico de la locomoción del caballo.
El experimento requería el alineamiento de decenas de cámaras, activadas por acción de hilos dispuestos a lo largo del recorrido de un caballo al galope y que, al romperse, obturaban el mecanismo del disparador.
De esta forma se logró registrar paso a paso el movimiento del animal en pleno vuelo, algo que hasta entonces había eludido el escrutinio del ojo humano.
El resultado final trajo consigo un cambio en la representación pictórica del equino a partir de entonces y contradice muchas pinturas conocidas hasta la fecha del experimento. Con ello se demostró de manera fehaciente que las cuatro patas del animal durante ciertos momentos de su carrera permanecen en el aire sin tocar tierra.
Es por este estudio en particular que se le reconoce como uno de los grandes pioneros de la fotografía, a pesar de haber producido muchos otros estudios igualmente exhaustivos.
Sus experimentos de locomoción animal y humana fueron subvencionados por Leland Stanford, ex-gobernador de California, millonario y filántropo, magnate fundador de la Universidad que lleva su nombre en la pequeña localidad de Palo Alto, en el Norte de California.
Fue Stanford quien corrió con los gastos de la defensa del cargo de asesinato en la muerte de Larkyns. Y fue su afición a los caballos de pura raza que le llevaron a contratar a Muybridge para que descorriera de una vez por todas el velo sobre la manera de como caminan, trotan y galopan estos animales.
Se puede deducir, incluso, que su obra combinada entre estudios científicos y su talento para la invención de cámaras, lentes y elementos fotográficos, presupone la invención del cinematógrafo.
Edward James Muggeridge es el nombre de pila de este original hombre, fotógrafo y visionario, negociante y aventurero que llegó por primera vez al área de la Bahía de San Francisco en 1855.
Antes de dedicarse a los estudios de la locomoción animal había establecido su nombre como fotógrafo paisajista en un medio en el que ya habían hecho carrera artistas del calibre de Carleton Watkins, William Henry Jackson y Timothy O’Sullivan, entre otros.
Sus panorámicas del Valle de Yosemite eran de antemano prestigiosas y sus imágenes eran apetecidas por un público cada vez más ávido de las vistas fabulosas que ofrecen las montañas, rios, valles y desiertos del Oeste Norteamericano.
En California ya había fotografiado la Costa Pacífica por encargo del gobierno estatal y había sido acompañante oficial de la expedición que viajó a Alaska cuando este territorio fue adquirido de Rusia en 1867.
Posteriormente se convirtió en especialista en fotografía industrial, hecho que le ofrece una posición de avanzada en sus tratos con el millonario Stanford cuando éste decide contratarlo para demostrar fotográficamente la mecánica del caballo al galope.
Aparte del anecdotario histórico es importante resaltar que la influencia de Muybridge se ha extendido a otros ámbitos. Es bien sabido que el pintor Francis Bacon se valió en ocasión de sus estudios de locomoción humana, como base de algunas de sus contorsionadas y atormentadas figuras presentes en varios de sus cuadros.
De igual manera, el fisiólogo francés Etienne Jules Maray se sirvió de los experimentos iniciales de Muybridge para inventar, en 1883, una cámara de un solo lente, provista de un mecanismo capaz de captar largas series de imágenes sobre un negativo, con las cuales le era posible examinar aspectos fundamentales de la locomoción humana.


La Galería Tate Britain, tiene abierta al público una extensa retrospectiva del genial artista, la cual se podrá ver hasta enero de 2011, en Londres.


http://www.tate.org.uk/britain/exhibitions/eadweardmuybridge/default.shtm

Saturday, 25 September 2010

Otro Septiembre sin Alberto Borja





























La vida se compone de minúsculos eventos que añadidos uno a otro por el paso del tiempo, matizados por las tragedias que nos llegan, idealizados por los recuerdos que quedan a la vera del camino, van conformando una larga estela de imágenes que son ahora tan solo sueños, pero que en su momento fueron hechos reales dictados por la luz. Tomemos por ejemplo esta fotografía tomada en 1976 de mi hermano Alberto Borja, cuando andaba por sus 25 años. Acababa de llegar de Nueva York, donde había estado viviendo desde hacía casi un año, y ha viajado hasta Toronto para una corta visita. Los diálogos se los llevó el viento apenas fueron dichos, pero él, lo que era aquella tarde, permanece en esta fotografía altivo como una estatua. Imagino que habremos discutido y rememorado sobre tantas cosas como siempre lo hicimos: de amigos, de mujeres, de libros; que tal vez nos emborrachamos a punta de cerveza y que hemos fumado dios sabe cuántos tabacos verdes, sentados en la arena de la pequeña playa frente a mi casa que daba sobre el Lago Ontario y desde donde pienso pudimos haber admirado la ciudad al caer la noche y, ya entrada en la oscuridad, nos hemos quedado lelos frente a la imponente urbe resplandeciente de luces de mercurio. En la tarde, antes de que el sol huyera tras los árboles, he sacado mi cámara para fotografiarlo posando de bacán muy a lo Paul Newman, sobre su bicicleta como en Butch Cassidy and the Sundance Kid, y la vida era tan solo un respiro continuo frente al mundo y éramos apenas unos niños grandes salidos del hogar materno jugando a ser mayores, ganando para el pan y la cerveza y los cigarros, en trabajos que iban y venían como las olas de aquella pequeña playa aquella tarde. Hoy ya soy un tipo entrado en mis sesentas, la vida se me vino encima en un abrir y cerrar de ojos; las memorias han quedado catalogadas en un caótico espectáculo de cajas amontonadas por doquier, repletas de negativos y de pedazos de escritos en papeles de índole diversa. Y hoy, precisamente hoy, veintiséis de septiembre del año dos mil diez, mi hermano menor viene de nuevo a la memoria en esta imagen, tomada a principios de un otoño hace ya tanto tiempo olvidado y me obliga a recordarlo en el aniversario de su muerte hace ya trece años, en la inevitable y dolorosa fecha que habré de acarrear en mi pecho hasta el final del tiempo.

Friday, 3 September 2010

El paso inexorable, etcétera





































Decir que el tiempo pasa inexorable es una bobería tan grande como decir que la noche sigue al día o que el agua corre bajo el puente. Es, sin embargo, edificante y aterrador ver de manera palpable cómo tantas noches y tantos días han cambiado la expresión, el rostro, la tersura de la piel, el color del pelo, la expresión del muchacho de 25 años, porque sí, era apenas un muchacho la primera vez que se enfrentó a la cámara. Corrían los años fugaces de principios de los setentas y aún vendrían muchas aventuras y demasiadas locuras por cometer, mucha tela de donde cortar, muchas experiencias qué vivir antes que el rostro se convirtiera en el rostro del abuelo que había ya muerto en 1966.
Es iluminante, por decir lo menos, enfrentarse a esos fantasmas de antaño, ahora que el otoño de este año entra en vigor como lo ha venido haciendo desde el arribo a los cincuenta, esa marca que parece dividir lo nuestro, ahora, con lo aquello que alguna vez debió pertenecernos.
Han pasado once años desde que llegué al quinto piso, como dicen de manera cordial y medio pendeja, los hombres cincuentones en mi pueblo; como si se tratara de endilgar al hecho perecedero un aire de conversación amena y no lo que verdaderamente representa.
De todas formas, heme aquí, vestido tal como era y como soy y como no lo seré por mucho tiempo.

Early Evening Walk