Thursday, 1 March 2012

Cartier-Bresson y Paul Strand, Fondation Cartier-Bresson, Paris




















































Esta exhibición pone en evidencia dos escuelas que dejaron huella indeleble en el panorama fotográfico del siglo xx. Ambos artistas viajaron a México por razones diversas y el resultado de sus experiencias es un catálogo de dos visiones fundamentales al desarrollo del arte fotográfico.
Los dos artistas marcaron un derrotero de alto vuelo con sus respectivas obras. La presente muestra es una confirmación de la estética fotográfica y su validación formal como una de las Bellas Artes, en una edad cuando apenas se estaba desarrollando fuera de los límites de lo meramente anecdótico-informativo.
El maestro francés, (1908-2004) de lejos calificado como el talento más sobresaliente en la fotografía de reportaje de su siglo llega a México en Julio de 1934.
Paul Strand (1890-1976) huyendo de una vida personal en crisis llega a México en el otoño de 1932. Allí habría de permanecer por espacio de dos años hasta su regreso a Nueva York en diciembre de 1934.
Ambos llegan a ese país comprometidos en tareas de estudio y se entregan de lleno a fotografiar el nuevo ambiente, las caras nuevas, los paisajes que encuentran en una tierra desconocida y agreste; a retratar el mapa humano que pronto irían descubriendo a partir de sus respectivos estilos.
Strand figura por aquella época entre los principales personajes de una revolución en la nueva nomenclatura artística norteamericana, a partir de sus estudios objetivos del complejo entramado urbano en Nueva York.
Descollan sus retratos de personajes a quienes muestra bajo una óptica acorde con el estilo de una era ad portas del modernismo con el que será asociado a partir de entonces.
De igual manera sus paisajes gentiles, de adormecidas comunidades suburbanas en la costa este de su país, nos dejan ver una visión medida en la madurez de sus composiciones austeras.
Su asociación con Alfred Stieglitz, gran artífice de este arte a principios del siglo xx y promotor importante de las manifestaciones modernas que estaban cambiando la faz de la cultura artística europea, le abre un sitio de honor en las filas de una nueva generación de fotógrafos, quienes se alejan rápidamente del pictorialismo asociado con el siglo precedente.
Los estudios abstractos y el retratismo realista hacen la obra de Strand un referente necesario para entender la transición de un siglo a otro, de una cultura a otra, al crear, nutrir y propagar una disciplina artística auténticamente americana, en un país que siempre se vio reflejado en el arte europeo para justificar su existencia.
Cartier-Bresson por su parte proviene de una cultura pictórica ilustre. Empezó su asociación con el arte a una edad temprana y terminó sesenta años más tarde abandonando la fotografía en favor de los pinceles.
Su fuente primaria fue siempre la pintura y su asociación con la fotografía le brindó la oportunidad de desarrollar una visión que une al pragmatismo del reportero gráfico una incomparable capacidad para producir imágenes.
En toda su obra vemos como único adorno el equivalente a una narrativa perfecta en cada cuadro fotografiado.
Sus composiciones están siempre equilibradas, dentro del rectángulo del negativo de 35 milímetros, con una precisión pasmosa en que un movimiento armónico fluye con aparente espontaneidad en cada aspecto de la toma.
Su obra en general demuestra un talento sin paralelo para capturar aquello que él mismo llamó “el momento decisivo”, piedra angular de su filosofía artística sobre la que descansa el total de su prodigiosa producción.
Durante más de sesenta años de ininterrumpida labor, Cartier-Bresson estuvo presente en muchos importantes acontecimientos a nivel mundial, con su cámara Leica, el aparato que habría de revolucionar la fotografía reporteril desde principios de la década de los años treinta del siglo anterior.
La muestra a la vista en París nos enseña dos visiones diferentes, dos escuelas de entender la realidad a través de la cámara.
Cartier-Bresson se centra en el recurso humano, los rostros, los cuerpos y la relación de éstos con el medio ambiente. En sus fotografías, juguetonas, lúdicas, se evidencia la búsqueda de identificación del ser humano con lo que le rodea. De esta forma su narrativa siempre está ligada a todo aquello que le hace vibrar, creando resonancias y asociaciones con su entorno.
Por su parte, Strand es mucho más identificado, e identificable, con su universo personal de una profunda seriedad. Su valoración cuasi-mística de aquello que ve y que ejerce sobre él alguna influencia, permea su obra a grandes rasgos y domina su función creativa.
En consecuencia, sus paisajes son sobrios estudios plasmados inamovibles y estoicos en la imagen de plata y sus rostros y cuerpos, cuando no son de íconos religiosos son de seres que reflejan esos figurines, en los que se hacen evidentes el sufrimiento y la inevitable angustia que siempre acompaña la miseria.


Información: http://www.henricartierbresson.org/

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