Friday, 8 November 2013

Éver Astudillo, San Francisco, California, 1990


Retrato de Rosemberg Sandoval, Univalle 1996

Esta  imagen trae a la mente el recuerdo de varios años fructíferos como instructor de fotografía en la Facultad de Artes Integradas en la Universidad del Valle. Allí conocí a Rosemberg Sandoval, hombre inquieto de una mentalidad que siempre le llevó, y le lleva aún, a crear obras de gran carga contemporánea en las que siempre se vislumbra el deseo de romper la fórmula.
Este retrato fue tomado durante una muestra del artista en la Facultad, en donde, dentro de un cuarto aislado por una cortina de plástico había colocado aguamanil de formol en el centro de la sala, el cual hacía imposible evitar el escozor en los ojos y la incomodidad en la nariz del visitante.

Plumas



Thursday, 7 November 2013

From Universidad del Valle, Cali, Colombia

 Click on link to see some of my work at the Isaacs Virtual Centre of Univalle:                                                                                        
http://dintev.univalle.edu.co/cvisaacs/index.php?option=com_content&task=view&id=314&Itemid=5



Wednesday, 6 November 2013

Cementerio de Montparnasse









El aire de verano se me antoja una confabulación de sombras cubriendo las tumbas, urdiendo quizás una esquiva caricia con las ramas que bajan y se enredan por entre piedras, hojas secas y flores marchitas, alterando apenas el quieto rumor del camposanto en Montparnasse.
La tarde empieza a dibujarse fuerte en el contraluz del mediodía sobre el espíritu acumulado de cientos de años y miles de seres que son ahora parte de la tierra.
El viento mece las hojas con un susurro entre los árboles, se manifiesta al recorrer la calle principal del cementerio que está diseñado como una urbanización con avenidas, paseos y glorietas, donde el visitante parece advertir de repente el aleteo etéreo de incontables memorias en reposo.
Hay algo elemental en el mórbido placer de recorrer indiferente las tumbas adornadas o humildes; último recinto de magnates, de industrialistas e inventores; de bohemios, rapsodas y beodos; de poetas, amantes y prelados; e incontables "Don-Nadie" que duermen por doquier el largo sueño de los justos.
Todos yacen bajo piedra, cemento, cal, ladrillo y mármol blanco; o negro catafalco de bordadas orlas y refulgente oficio.
Como fotógrafo he venido de visita, a producir un registro de las tumbas donde yacen unos cuantos de mis héroes personales. En principio la curiosidad me desvió ligeramente de rumbo y pude luego corregir mi propósito y encontrar lo que estaba buscando con más esmero que buena fortuna.
Así llegué a plantarme frente a la tumba de Julio Cortázar (el querido Julio, hermano mayor de mis congéneres, profeta y brújula de una ya lejana adolescencia) y respirar profundo. El brillo intenso del sol sobre la blanquísima lápida me enceguecía repentino, las letras de su nombre casi borradas tras veintinueve años de lluvias y vientos parisinos. Un ramo de rosas deshechas por el abusivo desdén de la intemperie pedían a gritos una mano piadosa.
Luego iría a buscar la sepultura de Susan Sontag. A los pies de su tumba letras doradas proclaman su nombre. Allí pude evocar su memoria y dejar a manera de remembranza unas cuantas piedrecillas sobre el catafalco, como acostumbran los judíos, para con ello indicar que la memoria continúa viva.  
La escritora, crítica eminente, está enterrada allí bajo una imponente lápida semejante al ónix, cuya pulida superficie negra era tan intensa que le disputaba el brillo a la tarde reflejada en ese oscuro espejo. 
Posteriormente me hallé frente a una tumba que anuncia escueta en letras sencillas el 
nombre de los amantes eternos: Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir; juntos al fin de cuentas, después de tanta vida y tanta historia.

La blanca sepultura me pareció tan humilde como un cumpleaños de familia pobre, adornada en desorden con papelitos de colores y mensajes escritos fugazmente en la contracara violeta de los tiquetes de metro y dejados allí a manera de responsos por muchos visitantes.
Finalmente la coincidencia me llevó hasta la tumba del príncipe de la generación de los poetas malditos, Charles Baudelaire.
Este hallazgo, paradójicamente, me resultó más emotivo, quizás por la cercanía que me une a un hombre que dejó de existir hace ya 145 años, aún iluminado en la memoria por el retrato de Nadar. El poeta de Las Flores del Mal reposa en la misma sepultura de su madre y su padrastro, al decir de la escritura en la piedra carcomida por el tiempo.


Pico de Pájaro


Filoso es el perfil, hermoso el codo
Tersa es la piel, de tacto el mármol

Las sombras en descenso
Colinas ondulantes

Sinuosa construcción
Perfecta la escultura

Eros forjado en la sintaxis del acero
Ecos de fuego en los juegos del deseo

Fauces abiertas reclaman
El cálido temblor de la entrepierna

Pico de pájaro
Duro el perfil de tu osamenta

Dientes de luz en la ventana
Destello fugaz en los cristales

Dice la noche su adiós
De sábanas exhaustas

Mientras duerme el deseo
Su intensa muerte pasajera 


Friday, 1 November 2013

Razones Para un Autorretrato




 No hay soledad comparable con el vacío profundo que se siente desde el pesado letargo que fuerza los ojos a la oscuridad pocos segundos después que la anestesia inunda los arroyos de mi sistema vascular.
Frente a la aguja de la anestesióloga mi única posición, lo último que me separaba de la realidad y cinco horas continuas de inconsciencia, era la indiferencia total.
A esta altura del juego, pensé con una clara convicción, cualquier cosa puede pasar: algún inconveniente inesperado en el sistema respiratorio, en el corazón cientos de veces castigado, en el cerebro tantas veces abusado en la bohemia y la noche; algo insospechado que pudiera llevar a un desenlace fatal que nada ni nadie podría evitar si llegase a suceder.
La aguja brinda resignación y la aceptación de que no habrá dios posible que pueda torcer el curso de lo que habrá de suceder en las próximas horas de cirugía.
En unos cuantos segundos el cielorraso de la sala habrá de derrumbarse, un silencio pesadísimo e inevitable, sobre mi cuerpo de antemano vencido por el poder de la droga.
Espero despertar después. Lo que en efecto sucede luego de cinco horas y lo hago asombrado, más loco que una cabra, mezcla de júbilo y el poder alucinatorio del despertar repentino de un largo viaje. A más de saberme de nuevo en este planeta habitado por mis hijos, mi mujer, mis amigos y mis libros.
La primera reacción al abrir los ojos es aferrarme a la mano de una enfermera que cuida mi reingreso a la realidad en la sala de recuperación pos-operatoria, quien no hace más que sonreír cuando empiezo a casi gritarle: “eres un ángel, eres un ángel”, de lo puro contento que me puse al saberme de regreso en este perro mundo; con media docena de agujeros en la panza pero vivo y feliz de estarlo.
He llegado hasta esta sala de cirugía porque el verano pasado me fue diagnosticado cáncer de la próstata. Un simple examen de sangre, urgido por el departamento de salud a quienes hemos cruzado la barrera de los sesenta años, prendió las alarmas de que algo estaba desequilibrando el balance de mis células en algún rincón de mi anatomía.
Al salir del hospital una bella tarde de principios de agosto no pude menos que ser el pesimista de siempre y decirme a mí mismo que estaba siendo testigo de uno de los últimos atardeceres de mi vida. 
La palabra Cáncer, pronunciada por el médico y desprovista de emoción, como quien lee un editorial de prensa, me cayó como un ladrillo a pesar de que siempre supuse que por ser nieto de mi abuela paterna, quien murió de aquello mismo, me haría reaccionar con un cierto distanciamiento estoico. Pero no fue así.
El sol de aquella tarde era demasiado intenso, bello a rabiar, y con mis dos niños tomados de la mano caminé hacia el auto tratando de digerir instantánea aquella verdad recibida tan solo minutos antes.
Así que me dediqué a prepararme para el día que debía someterme al cirujano. Mucho ejercicio, buena dieta, cero Rioja.
Incluso llegué a pensar escribir un poema de tintes juveniles, algo que me hizo pensar en la escuela secundaria, al intentar jugar con la idea de llamar mi escrito Próstata Prostituta, o cosa por el estilo.
Me avergoncé de mí mismo al instante y caí en cuenta que la próstata, la mía, había sido una fiel glándula y compañera que regularizó y pudo controlar mis orines infantiles, mis erecciones juveniles y mis eyaculaciones de hombre hecho y derecho. Ni más ni menos; de prosti ni un pelo.
De regreso en casa comenzó el largo proceso de recuperación con las incomodidades del caso, las cuales carecen de importancia este momento.
Tras varios días de leer, dormitar y mirar televisión interminablemente, decidí -porque lo mío es la fotografía- hacerme un autorretrato.
Monté la parafernalia mecánica como pude, me vestí como un querubín proletario y me despojé de toda traza de modestia, para hacer mis tomas desde donde se me ve enarbolando las banderas de mi nueva etapa por el  mundo.
Escogí dos imágenes que hablan desde el silencio y la distancia de lo que estaba pasando por mi mente aquél momento y lo junté con estas palabras.