Tuesday, 1 December 2009

La reencarnación del David










Fotografía: Fernando Cruz, Bogotá, Colombia


“De hecho, son muchos los usos de las innumerables oportunidades que la vida moderna nos ofrece para observar –a distancia, a través del medio fotográfico- el dolor ajeno. Las fotografías de una atrocidad dan cabida a reacciones opuestas. Una llamada a la paz. Un llanto que clama venganza. O simplemente el convencimiento superficial, continuamente confirmado por el hecho fotográfico, que cosas terribles suceden.”
Susan Sontag “Observando el Dolor Ajeno” (1)


David (2005), obra del artista colombiano Miguel Ángel Rojas, nos lleva a una encrucijada difícil de dilucidar. Es el dilema que dota de peso específico a todo gran arte: aquel que resume en su fibra una multitud de interrogantes. El arte como agent-provocateur, donde se nos muestra de manera unilateral lo que quiere demostrar su presencia, lo que propone en su existencia con ánimo de producir una reacción.
En fin de cuentas, el arte como manifiesto político ante cuya visión debemos tomar partido en pro o en contra. Rojas ha concebido una serie de fotografías usando el cuerpo mutilado de un joven soldado. La obra está compuesta por una secuencia de imágenes en gran formato en las que vemos desde varios ángulos con sutiles variaciones un desnudo masculino.
La reacción que suscita esta puesta en escena nos lleva a interiorizar de inmediato y a distancia el dolor ajeno. Tarea imposible a todas luces ya que la herida le ha sido infligida a alguien más cuyo cuerpo no es el nuestro ante el cual asistimos como espectadores.
Es evidente la relación que existe entre el soldado de la fotografía y su predecesor, el David clásico, la escultura que Michelangelo Buonarroti esculpió entre 1501 y 1504.
El ensamble con mínimas variaciones de cuadro a cuadro refleja a manera de espejo varias caras repitiendo la pose de escultura renacentista. El cuerpo entero descansando incómodo sobre la única pierna disponible enfatiza el muñón y lo instaura leitmotiv, punto de encuentro con la obra y hacia donde se dirigen todas las miradas.
El resultado a primera vista, horror, repudio, solidaridad, pone de presente la cruenta verdad sobre las minas antipersonales en Colombia y, por extensión, en otros países donde se siembran minas para causar horribles lesiones de forma indiscriminada.
“Quiebra-patas” les llaman en Colombia a esta variedad inhumana del conflicto con cierta evidente sorna ya que quienes más sufren no son los semovientes: son en su inmensa mayoría seres humanos, soldados, campesinos, niños y adultos; hombres y mujeres. (*)
La obra lleva de inmediato a preguntarse cómo puede una sociedad asumir pasiva aquello que a muchos asombra estupefactos: la diaria dosis de violencia, la alta cuota anual de lisiados y muertos en los campos minados.
Estos interrogantes nos acusan de complicidad porque hasta entonces hemos asistido anestesiados a las noticias en la tele o la página de horrores en el diario. Miguel Ángel Rojas ha creado una obra conmovedora a partir de una fotografía cuya historia es la diaria realidad de un país convulsionado.
La imagen del soldado David, tan austera, tan posesa de estoicismo, es un compendio de pathos inefable dentro de la cual se atisban todas las iconografías desde el Renacimiento hasta el posmodernismo. El arte se nutre de la historia que le ha precedido o se crea a sí mismo según las exigencias del momento actual.
Es evidente que la obra de Rojas con su soldado mutilado evoca, rinde homenaje y establece como referente la escultura de Michelangelo en Florencia. Empero su alcance está diseñado a agitar nuestro sentido de repulsión frente a lo que se nos muestra como un hecho cotidiano, algo de común ocurrencia en un país violento. Que lo haya logrado con una pieza de retablo clásico es altamente meritorio.
Rojas ha reencarnado el David de quinientos años en un hombre joven que no llega a los treinta y nos lo presenta lisiado, castrado a medias, y no por eso menos poderoso que el original en su pose de guerrero bíblico.
Es lícito preguntarse si las dos obras, la nueva y la antigua, son productos del arte al servicio de una causa y si ambas actúan como propaganda. La lectura inicial sugiere una aproximación al arte de academia más que al manifiesto que llama a la acción y, sin embargo, ambas piezas de arte incitan a tomar partido. El uno, en su época a favor de un estado, el de la Florencia de los Medici y el otro, el colombiano, a favor de los lisiados civiles y militares en una guerra sin cuartel.
Es quizás por este motivo que cuanto más observo este David más pienso en la Venus de Milo, semidesnuda, sin brazos, desvalida; eternamente atada a un destino marmóreo imposible de cambiar, al igual que el soldado sin su pierna.
La obra sugiere, por un lado, un hondo sentido de impotencia, la supina inoperancia de un sistema de gobierno para proteger su población. Y, por otro, las acciones de un grupo guerrillero dando palos de ciego desde lo profundo de la selva, originando oposición y repudio desde las paredes en una galería de museo.
Es allí, a partir de la lucidez demostrada por esta obra de inmenso coraje, desde donde se puede empezar a librar la batalla más ardua: la del entendimiento.



(1) Susan Sontag – Regarding the Pain of Others
Hamish Hamilton an imprint of Penguin Books-2003


(*) Minas antipersonales. En 659 municipios de Colombia hay sembradas minas antipersonales; 289 más que en el año 2.000. En los últimos cinco años, 2.358 personas han sido víctimas de estos artefactos.

Tuesday, 24 November 2009

Madre, noviembre 25 de otro año


















Ella mira hacia afuera, hacia el espacio abierto sentada frente a la ventana. Corrían otros días y otras fechas y el futuro no había todavía instaurado su mano férrea en nuestras vidas de manera definitiva. Y si ya lo había hecho no llegamos a sentirlo por aquél entonces.
Hoy me queda su recuerdo grabado en papeles untados de sales de plata poblados de gestos sutiles y de tesoros que la nada habrá de disolver con el paso inexorable del tiempo.

Marina Salazar de Borja, abril 23, 1922-noviembre 25, 2007

Thursday, 19 November 2009

Bulteadores, Otavalo, Ecuador 1979















En mi infancia los vi cada fin de semana cuando acompañaba a mi madre al mercado. Crecí mirando sin simpatía a estos hombres y niños que se ganaban la vida, si es que se le puede llamar así a esta ocupación en la que el hombre ha asumido la posición de bestia de carga.
Les llamábamos bulteadores, aquellos que cargan bultos, pero no se limitaban simplemente a ello. También cargaban racimos de plátano, cajas de cerveza y gigantescos canastos y costales repletos de víveres hasta las casas de las señoras, donde sudorosos recibían un par de monedas por su esfuerzo y cuando estaban de suerte un vaso de agua.

Reflections at le Petit Palais, Paris

Janet Maxwell, painter, Whitstable, Kent

Saturday, 31 October 2009

Jack London, Fotógrafo

Gente del Abismo
El legado fotográfico de Jack London, famoso escritor californiano de principios del siglo xx, es desconocido para el gran público. Con excepción de un puñado de especialistas en su obra casi nadie conoce lo que este hombre, bohemio, socialista y viajero incansable, produjo durante el corto espacio de sus aventuras con la cámara, en una vida que duró tan sólo cuarenta años de interminable peregrinar.
Gracias a mi amigo Philip Adam, californiano de nacimiento y de crianza, excelente fotógrafo quien tuvo en su adolescencia la fortuna de aprender con el inolvidable Ansel Adams los rudimentos del arte de Daguerre y de Talbot, ha llegado a mis manos una serie magnífica de fotografías tomadas en 1903 por el escritor London, en la ciudad que da origen a su apellido. Philip Adam, ha trabajado los últimos cuatro años rescatando del olvido el trabajo fotográfico del escritor.
Fue en Londres que Jack London produjo las imágenes para un libro acerca de los desposeídos, los sin-hogar que por aquella época deambulaban por las calles del barrio Oriental de la urbe, en busca de un mendrugo o un día de trabajo para paliar el hambre, al menos de manera transitoria. Jack London armado de cámara y una vision altamente sensible, hizo un retrato sin igual de aquella era y lo llamó Gente del Abismo. Es un homenaje a la gente que sin importarles qué tan grande y amenazante la miseria, logran sobrevivir y sobrellevar el drama profundo de sus vidas.


















Philip Adam


















Jack London


GENTE DEL ABISMO




























Monday, 26 October 2009

The world is changing