Saturday, 5 December 2009

La noche de las palomas blancas


















El día se hizo noche por arte de magia de un negativo que se niega a ser convertido en positivo. La luz cenicienta que baña las estatuas de la Plaza de Trafalgar se torna noche profunda. Se alborotan los pájaros cada vez que los niños embisten correteando la manada. Cientos de palomas sucias picotean el pavimento buscando las migajas que caen de emparedados que muerden ansiosos quienes visitan la plaza capital. Es hora del almuerzo y tres cuadras más abajo, en frente al cenotafio, Inglaterra entierra a la Reina Madre. Los turistas se apresuran a capturar la escena con sus teléfonos portátiles.

Antaño...V-5-78






















Otrora el tiempo alucinado abría
Ante los ojos el espejo infinito.

Has abrazado con ansia de infarto
Todo aquello que a tu paso hallabas...

En qué invisible trazo
persiste inatrapable el gesto?

Es hoy, es ya, memoria?
Es el ayer, tal vez, la nada...?

Tuesday, 1 December 2009

La reencarnación del David










Fotografía: Fernando Cruz, Bogotá, Colombia


“De hecho, son muchos los usos de las innumerables oportunidades que la vida moderna nos ofrece para observar –a distancia, a través del medio fotográfico- el dolor ajeno. Las fotografías de una atrocidad dan cabida a reacciones opuestas. Una llamada a la paz. Un llanto que clama venganza. O simplemente el convencimiento superficial, continuamente confirmado por el hecho fotográfico, que cosas terribles suceden.”
Susan Sontag “Observando el Dolor Ajeno” (1)


David (2005), obra del artista colombiano Miguel Ángel Rojas, nos lleva a una encrucijada difícil de dilucidar. Es el dilema que dota de peso específico a todo gran arte: aquel que resume en su fibra una multitud de interrogantes. El arte como agent-provocateur, donde se nos muestra de manera unilateral lo que quiere demostrar su presencia, lo que propone en su existencia con ánimo de producir una reacción.
En fin de cuentas, el arte como manifiesto político ante cuya visión debemos tomar partido en pro o en contra. Rojas ha concebido una serie de fotografías usando el cuerpo mutilado de un joven soldado. La obra está compuesta por una secuencia de imágenes en gran formato en las que vemos desde varios ángulos con sutiles variaciones un desnudo masculino.
La reacción que suscita esta puesta en escena nos lleva a interiorizar de inmediato y a distancia el dolor ajeno. Tarea imposible a todas luces ya que la herida le ha sido infligida a alguien más cuyo cuerpo no es el nuestro ante el cual asistimos como espectadores.
Es evidente la relación que existe entre el soldado de la fotografía y su predecesor, el David clásico, la escultura que Michelangelo Buonarroti esculpió entre 1501 y 1504.
El ensamble con mínimas variaciones de cuadro a cuadro refleja a manera de espejo varias caras repitiendo la pose de escultura renacentista. El cuerpo entero descansando incómodo sobre la única pierna disponible enfatiza el muñón y lo instaura leitmotiv, punto de encuentro con la obra y hacia donde se dirigen todas las miradas.
El resultado a primera vista, horror, repudio, solidaridad, pone de presente la cruenta verdad sobre las minas antipersonales en Colombia y, por extensión, en otros países donde se siembran minas para causar horribles lesiones de forma indiscriminada.
“Quiebra-patas” les llaman en Colombia a esta variedad inhumana del conflicto con cierta evidente sorna ya que quienes más sufren no son los semovientes: son en su inmensa mayoría seres humanos, soldados, campesinos, niños y adultos; hombres y mujeres. (*)
La obra lleva de inmediato a preguntarse cómo puede una sociedad asumir pasiva aquello que a muchos asombra estupefactos: la diaria dosis de violencia, la alta cuota anual de lisiados y muertos en los campos minados.
Estos interrogantes nos acusan de complicidad porque hasta entonces hemos asistido anestesiados a las noticias en la tele o la página de horrores en el diario. Miguel Ángel Rojas ha creado una obra conmovedora a partir de una fotografía cuya historia es la diaria realidad de un país convulsionado.
La imagen del soldado David, tan austera, tan posesa de estoicismo, es un compendio de pathos inefable dentro de la cual se atisban todas las iconografías desde el Renacimiento hasta el posmodernismo. El arte se nutre de la historia que le ha precedido o se crea a sí mismo según las exigencias del momento actual.
Es evidente que la obra de Rojas con su soldado mutilado evoca, rinde homenaje y establece como referente la escultura de Michelangelo en Florencia. Empero su alcance está diseñado a agitar nuestro sentido de repulsión frente a lo que se nos muestra como un hecho cotidiano, algo de común ocurrencia en un país violento. Que lo haya logrado con una pieza de retablo clásico es altamente meritorio.
Rojas ha reencarnado el David de quinientos años en un hombre joven que no llega a los treinta y nos lo presenta lisiado, castrado a medias, y no por eso menos poderoso que el original en su pose de guerrero bíblico.
Es lícito preguntarse si las dos obras, la nueva y la antigua, son productos del arte al servicio de una causa y si ambas actúan como propaganda. La lectura inicial sugiere una aproximación al arte de academia más que al manifiesto que llama a la acción y, sin embargo, ambas piezas de arte incitan a tomar partido. El uno, en su época a favor de un estado, el de la Florencia de los Medici y el otro, el colombiano, a favor de los lisiados civiles y militares en una guerra sin cuartel.
Es quizás por este motivo que cuanto más observo este David más pienso en la Venus de Milo, semidesnuda, sin brazos, desvalida; eternamente atada a un destino marmóreo imposible de cambiar, al igual que el soldado sin su pierna.
La obra sugiere, por un lado, un hondo sentido de impotencia, la supina inoperancia de un sistema de gobierno para proteger su población. Y, por otro, las acciones de un grupo guerrillero dando palos de ciego desde lo profundo de la selva, originando oposición y repudio desde las paredes en una galería de museo.
Es allí, a partir de la lucidez demostrada por esta obra de inmenso coraje, desde donde se puede empezar a librar la batalla más ardua: la del entendimiento.



(1) Susan Sontag – Regarding the Pain of Others
Hamish Hamilton an imprint of Penguin Books-2003


(*) Minas antipersonales. En 659 municipios de Colombia hay sembradas minas antipersonales; 289 más que en el año 2.000. En los últimos cinco años, 2.358 personas han sido víctimas de estos artefactos.

Tuesday, 24 November 2009

Madre, noviembre 25 de otro año


















Ella mira hacia afuera, hacia el espacio abierto sentada frente a la ventana. Corrían otros días y otras fechas y el futuro no había todavía instaurado su mano férrea en nuestras vidas de manera definitiva. Y si ya lo había hecho no llegamos a sentirlo por aquél entonces.
Hoy me queda su recuerdo grabado en papeles untados de sales de plata poblados de gestos sutiles y de tesoros que la nada habrá de disolver con el paso inexorable del tiempo.

Marina Salazar de Borja, abril 23, 1922-noviembre 25, 2007

Thursday, 19 November 2009

Bulteadores, Otavalo, Ecuador 1979

En mi infancia los vi cada fin de semana cuando acompañaba a mi madre al mercado. Crecí mirando sin simpatía a estos hombres y niños que se ganaban la vida, si es que se le puede llamar así a esta ocupación, en la que el hombre ha asumido la posición de bestia de carga.
Les llamábamos bulteadores, aquellos que cargan bultos, pero no se limitaban simplemente a ello. También cargaban racimos de plátano, cajas de cerveza y gigantescos canastos y costales repletos de víveres hasta las casas de las señoras, donde sudorosos recibían un par de monedas por su esfuerzo y cuando estaban de suerte un vaso de agua.

Reflections at le Petit Palais, Paris

Monday, 26 October 2009

Thursday, 15 October 2009

Thursday, 1 October 2009

Joel-Peter Witkin


















Por más de treinta años el trabajo fotográfico de Joel-Peter Witkin ha sembrado el desconcierto, por no decir terror, entre quienes se encuentran de buenas a primeras con su trabajo artístico. Aquellos que admiran en la fotografía su antigua capacidad innata de deleitar la vista, deben de una vez por todas cubrirse los ojos escandalizados ante su arte y dar la espalda, antes de echar a correr en dirección contraria.

Witkin ha hecho de lo grotesco una carrera meteórica y ha cosechado en su trayectoria homenajes por todo lo alto en el escalafón de la cultura internacional. Su producción fotográfica asombra con un arte poblado de monstruosidades y retruécanos visuales, donde la exploración del subconsciente y la re-creación de temáticas ya tratadas por artistas clásicos resucitan en portafolios donde no existe el absurdo, ya que éste ha sido reemplazado por lo bizarro, lo lúdico y, en últimas, lo fantasmagórico-alucinante.

El trabajo de Witkin no admite veleidades ni ligerezas: se le admira o se le odia. Hay mucho de sublime en su tarea mesiánica de reivindicar el espanto. Y, sin embargo, sus retablos cargados de horror nos muestran una búsqueda sin igual de una visión que persigue atrapar en esta época lo que hicieron en la suya seres tan influyentes como Bosch, Goya o Francis Bacon.

Sus naturalezas muertas hacen uso del cuerpo humano, bajado de su pedestal y transformado, con adornos o sin ellos, en mercancía artística y nos obligan a ver sin vergüenzas la fibra de la carne humana en toda su cruda verdad. Algunas de sus obras muestran a simple vista el costillar y el cartílago de seres fotografiados en la morgue o el instituto de medicina legal como si fuesen reses colgadas del gancho en la carnicería.

Sus creaciones fotográficas nos descubren visiones imprevistas frente a las cuales debemos cuestionar los orígenes de una belleza aterradora y sin compromisos, como no sea con el arte mismo.

“Yo vivo para crear imágenes que representan la lucha por la redención del alma humana”, se le ha escuchado decir.

Y es muy probable que esa haya sido desde siempre su función como artista. En incontables entrevistas se lee que su primer enfrentamiento con lo que sería su carrera fotográfica se dio cuando de chico fue testigo de un terrible accidente de tránsito, en el cual una niña pereció decapitada y el joven Witkin caminando por su barrio de Brooklyn, vio rodar a sus pies la cabeza de la pequeña muerta.

La galería universal de Witkin comprende todas las deformaciones físicas posibles y algunas que son casi imposibles de aceptar. Su respeto por aquellos que sufren de malformaciones, extrañas desviaciones congénitas y un largo etcétera de horrores, ha sido bien documentado. Gente de muchos países acude a él para ser fotografiada a cambio de un jugoso estipendio.

Sus temas tocan elementos relacionados con desviaciones sexuales, fetichismo, sado-masoquismo y aledaños, logrando mantenerse a flote sin caer nunca en el pastiche o los bajos fondos de la fácil conjura de la pornografía. Su arte está siempre propulsado por las musas del arte: Goya, Courbet, Reijlander, Velázquez, Brancusi, Seurat, Redon, Caravaggio, Rembrandt, Antonio Canova y Man Ray, son sólo algunos de los nombres de grandes, sobre los que ha basado sus composiciones fotográficas. Y, siempre fiel a sus instintos, ha coloreado sus homenajes a estos y otros artistas con el pincel de su inimitable creatividad.

Witkin no se deja admirar a simple vista. Está allí para demostrar que aún vivimos una época donde los atavismos de la impudicia y el dolor humano siguen siendo la constante sobre la que equilibramos nuestra satisfecha condición de sentirnos normales las veinticuatro horas del día.

Su arte nos acerca un poco más a nuestras realidades simples, mientras que a nuestro alrededor el mundo sigue siendo la antigua miasma secreta y maloliente donde se han cocinado todas las infamias desde el mismísimo fondo de la historia.

En 1992, el entonces Ministro de Cultura de Francia, Jack Lang, le confirió la Orden de Caballero de la Legión de Honor de las Artes y Letras, altísimo homenaje a este artista norteamericano.

Su reacción y subsecuente acción nos lleva a quitarnos el sombrero ante este personaje: una vez de regreso a su finca-estudio, en Nuevo México, cogió el diploma y armado de clavos y martillo claveteó el certificado de su título honorífico en la puerta de su cuarto oscuro como si fuera una mariposa desvalida.

Saturday, 26 September 2009

Alberto (Beto) Borja




















Toda la vida, hasta su muerte acaecida un día como hoy, Septiembre 26 de 1997, se le llamó Beto. Mi hermano menor, atleta y esteta, amigo fiel y buen contador de historias. Su pasión era la música del Caribe y el buen Jazz. Entre sus afanes varios se incluían la buena literatura y la pintura; una mesurada aproximación a escribir prosa y a disfrutar la buena rumba. Jugador de Water Polo y representante internacional del "combinado patrio", como le gustaba llamar a la selección nacional de Colombia en su deporte favorito. Vivió en Estados Unidos y Europa pero siempre regresó al terruño, hasta que decidió quedarse para siempre en 1986. La vida le fue generosa en afecto y ese afecto es recordado hoy por su hermano, quien escribe estas lineas, para rescatarnos a todos un poco del olvido.
En la fotografía tomada en el patio de la casa paterna en Cali en 1982, aparece con mi hija mayor, Sahara, uno de sus grandes amores hasta la llegada de su propia hija.
Hoy, desde esta playa lejana, recuerdo su espíritu y acompaño en el alma a su viuda, Ana Paula González y a su hija Paula Catalina Borja.

Thursday, 17 September 2009

Sunday, 6 September 2009

Pepe y la baldosa

Hombre en calcetines

Seres sin rostro














Desde la pública ventana sobre la avenida estos seres sin rostro miran impasibles la diaria procesión de aquellos que marchan al trabajo.

El Sagrado Corazón en la distancia, Paris

Susan Sontag's grave, Montparnasse













Something dies within us when we learn of someone's death. Luckily for writers and artists in general there is always the remaining work which will live a lot longer than their physical presence. A couple of summers ago while in Paris I decided to visit the Cemetery of Montparnasse. There I found many known names and a great number of unknowns. I was specifically looking for this grave of the great American novelist and critic. And whilst standing before the imposing black stone of her tomb I could not help but let the mind wander, and pondered about our finite amount of days on this earth; of our wasting time on futile exercises and of how we could have written a better novel of our lives had we pursued our dreams with more faith and dedication.

Wednesday, 22 July 2009

Una mirada a don Manuel















El otro México de Manuel Álvarez Bravo


“He aquí un hombre que ha conquistado su arte y lo usa para hablar de México con el afecto con que Atget hablaba de París”
Paul Strand


Es difícil encontrar en el panorama de la fotografía latinoamericana alguien comparable con Manuel Álvarez Bravo (Ciudad de México, febrero 4, 1902- octubre 2002).
Su influencia ha alcanzado en los últimos años una proyección a nivel mundial. Su amplio espíritu creativo, no erudito en el sentido académico-formal, le llevó a capturar la imaginación de André Breton, fundador del movimiento surrealista. Breton le abre campo entre los grandes creadores de la época sin que aún su nombre hubiera tomado vuelo. Le insta a crear la portada del catálogo de una exposición surrealista en París.
Álvarez Bravo le envía a vuelta de correo “La buena fama durmiendo” obra seminal tomada en 1939; retablo erótico llamativo y sereno, en el cual una mujer de apariencia indígena descansa desnuda, con excepción de ciertas partes del cuerpo envueltas en vendajes, entregada al sueño bajo el enceguecedor sol de mediodía, tirada sobre un sarape con una pierna cruzada sobre la otra formando un cuatro en cuyo ápice se aprecia un manojo de vello púbico.
La imagen central se compagina con ciertos elementos orgánicos -una pared de fondo que parece pintada por Rothko- flores de maguey con apariencia de moluscos, dispuestas con estudiado descuido sobre la manta que añaden un elemento ajeno a la composición, creando un ensamble misterioso y armónico.
La imagen no pudo ser usada por Breton, quien prefirió cortar por lo sano y eludir la censura de la época.

En 1935 Álvarez Bravo exhibe su trabajo en Nueva York, en la Galería de Julien Levy, en compañía de Walker Evans y Henri Cartier-Bresson, exposición hoy considerada esencial en el canon artístico de estos tres grandes fotógrafos del Siglo XX.
Habrían de transcurrir al menos 35 años para que el genio del fotógrafo mexicano se reconociera universal, cuando ya el Americano y el francés eran reconocidos como dos colosos de la fotografía en el mundo.
Es probable que los fundamentos de su obra hayan sido encontrados con sólo abrir la puerta de casa y salir a fotografiar por las calles. Es a partir de su lente, atento a las contradicciones visuales que encuentra a su paso, como vemos transformar lo que es en apariencia simple haciéndose importante.
Su influencia no da señales de decaer y continúa siendo valorada, pensada, explorada por críticos y expertos, quienes no terminan de analizar su obra en la justa medida que se merece. Baste decir que su fotografía no se entretuvo nunca en parroquialismos tan en boga entre fotógrafos latinoamericanos ejemplares del Siglo XX, desde la Argentina hasta México. Muchos fotógrafos de indudable excelencia creativa están, de una u otra forma, atados a la exuberancia de su tierra cuya visión se manifiesta en un pintoresquismo difícil de eludir.
Debemos admitir, paradójicamente, que Álvarez Bravo tan representativo de lo mexicano en su retratos de la tierra, sus rostros, sus plantas y texturas, se mantiene alejado de todo provincialismo, de toda trampa costumbrista cuando se adentra en el territorio de lo surreal, cuando nos enseña a admirar lo que Alejo Carpentier dio en definir “lo real maravilloso”: esa sensación de distanciamiento sensorial experimentado a partir y a través de la realidad misma.
Álvarez Bravo vivió su siglo en la resplandeciente quietud de su magia. Su fotografía es inigualable en que representa una mirada muy alta en la madurez del estilo. Su visión nos transmite el delirio pausado de lo austero y la inasible belleza de aquello que si bien puede entenderse como una alegoría de las cosas simples logra un equilibrio estético admirable en sus metáforas geniales y sorprendentes; es encontrar escenarios muchas veces visitados de antemano en sueños.
Hay una anécdota narrada por el profesor John Mraz, experto en fotografía de la Universidad Autónoma de Puebla, México, la cual pone de relieve su importancia.
Dice la nota refiriéndose a Álvarez Bravo: “Cuando empezó a fotografiar en los años veinte y treinta, su capacidad innata fue reconocida por artistas que constituyen un auténtico “quién es quién” de la lente: Edward Weston, Tina Modotti, Paul Strand y Henri Cartier-Bresson. El respeto que engendró fue encapsulado en la respuesta de Cartier-Bresson cuando alguien notó semejanzas entre la imaginería de Álvarez Bravo y la de Weston: “No los compares, respondió el maestro francés, “Manuel es el verdadero artista”.

Esta cita, que habla de su talento artístico con referencia a Weston, uno de los semi-dioses de la fotografía en el Siglo XX, pone de presente la calidad de Álvarez Bravo, sin importarnos que en el fondo la anécdota pueda ser, o no, apócrifa.



Página web:
http://www.manuelalvarezbravo.org/english/Chronology.html#nogo

La mano de Teresa

John Szarkowski, London 2002

Another view of Oscar Muñoz, Cali

Guy Rutter, artist, Faversham

Friday, 10 July 2009

Mi padre en 1939


















Hace exactamente 33 años, el 10 de julio de 1986, murió mi viejo. Se llamó Luis Eduardo Borja pero toda la vida se le conoció entre familiares y amigos como El Negro. Fue el más oscuro de cuatro hermanos y como tal fue humillado desde pequeño. Trabajó toda su vida desde los 10 años hasta el día en que murió, luego de haber levantado cuatro hijos a pulso y aguante. No recuerdo haberle visto tomar vacaciones en su vida. Fue un hombre que inculcó en sus hijos la honestidad y el respeto a la mujer por encima de todo.
En esta hora recuerdo con nostalgia su letra chata en cartas llenas de amor y errores de ortografía cuando me fui de casa para vivir en Canadá a principios de 1973. Y en este día me viene a la mente el millón de lágrimas que derramé cuando supe de su muerte, mientras trataba de encontrarlo en las letras de los tangos que siempre adoró, a solas, porque no pude aguantar la compañía de nadie ese día y me daba contra las paredes, en mi casa en San Francisco, sabiendo que me era imposible viajar de regreso a Colombia para acompañarlo hasta su tumba.
Hoy más que nunca su recuerdo me viene a buscar.

Tuesday, 7 July 2009

El verano en las tardes

El trigo meciéndose al vaivén del viento en una tarde de verano es una imagen recurrente que guardo conmigo desde mi llegada a Inglaterra. Siempre me habla de nostalgia, me transporta a otros sitios de colinas verdes y planicies doradas, tan particulares a la bella tierra nariñense en Colombia.

La soledad de las vitrinas

Cada vez que me detengo frente a una vitrina a contemplar los rostros impávidos de sus inquilinos, sean éstos permanentes o transitorios, no puedo menos que evocar a quien ha instaurado para siempre en nuestras mentes estas imágenes de una inmensa soledad, que se me antoja muy afín a nuestra vida contemporánea: Eugene Atget, maestro de maestros.



The house of the pear tree

Monday, 29 June 2009

The Prince turns three



Camilo Alberto Laslett Borja Salazar Bates y Cárdenas-García acaba de cumplir tres años.
Con tal motivo su padre lo ha fotografiado imitando de manera inconsciente una famosa fotografía tomada por Mayer & Pierson (The Prince Imperial on his Pony, 1858); imagen de gran importancia histórica cuya procedencia hubo de ser investigada a posteriori, para este propósito. El infante se ha portado a la altura de las circunstancias y no ha dicho esta boca es mía, durante el tiempo que tomó hacer el retrato en estudio al aire libre. Lo cual ya es mucho decir.


He aquí la original de Mayer & Pierson:

Friday, 26 June 2009