Wednesday 6 June 2012

Enrique Metinedes



Una escueta mirada a la carrera fotográfica de Enrique Metinides, (Ciudad de México, 1934) ahora que su estrella ha ido en ascenso en galerías de arte en Europa y Estados Unidos. Su arte es el resultado de haber tomado fotografías durante cincuenta años para las páginas rojas de diarios en la capital mexicana.
Desde los doce años formó parte de la prensa en Ciudad de México, fotografiando hechos de sangre. Sus imágenes ilustraron medio siglo de accidentes (de coches, autobuses, trenes, aviones); tragedias personales (suicidios, asesinatos, incendios, balaceras); o hechos naturales que ocasionen muerte y desolación como inundaciones o temblores de tierra.
No admite comparación con Weege, el gran fotógrafo noir de Nueva York, famoso por sus imágenes captadas en escenas de muerte, siempre a bala, producto de venganzas al estilo de la mafia italiana en las calles del Bronx.
Metinedes es inocente, en la acepción naïve del concepto, y su juego estético está en lo que rodea la escena principal de sus desastres. Lo que él preserva en sus placas son retablos, puestas en escena cuyo sitio preferencial lo ocupan vecinos curiosos que fascinados miran cuasi-hipnotizados directo al lente de su cámara.
Vale la pena explicar que también son el reflejo de una época ya lejana que nada tiene que ver con los cuerpos ahorcados o mutilados que inundan la prensa amarilla de hoy en el país azteca.
En la actualidad abundan sin recato los descabezados y desmembrados que cuelgan por debajo de los puentes en ciudades afectadas por el crimen relacionado con el tráfico de drogas; una tendencia que ha venido proliferando estos últimos años como quien regresa a la edad media –los descabezados, quiero decir.
Metinedes es, a más de cronista de crimen, una especie de gentilhombre de la calle y sus accidentes. En sus imágenes abundan las multitudes de curiosos y panorámicas de ciudades que fueron y ya no son, y modas de utilería que incluyen autos y arquitectura pasadas al olvido.
Igualmente no nos mete la sangre derramada por los ojos, más bien nos deja ver la escena como evidencia de sucesos, que pudieron ser, o no, inevitables, sin la carga innecesaria de quien hace fotografías como quien escribe editoriales de prensa.



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