Monday, 1 November 2010

La Fotografía de Don McCullin













Retrato de Don McCullin por Wattie Cheung

“He sido manipulado y a su vez he manipulado a otros al registrar sus reacciones al sufrimiento y la miseria. Así que hay culpa en ambas direcciones: culpa porque yo no practico ninguna religión, culpa porque yo pude salir con vida, mientras que un ser humano moría de inanición o asesinado por otro que blandía un arma de fuego.
Y estoy cansado de sentirme culpable, de decirme a mí mismo: Yo no he matado a aquel hombre en aquella fotografía, yo no dejé morir a aquel niño de hambre.
Es por eso que quiero fotografiar paisajes y flores. Me estoy auto-sentenciando a la paz” .
Don McCullin


En el panorama artístico del siglo xx existen contados ejemplos de fotógrafos que han logrado desplazarse de un lado a otro del espectro; moverse con el etéreo don de la ubicuidad entre la dura realidad del foto-periodismo, el pragmatismo de la publicidad y las exigencias de las bellas artes.
Basta examinar así sea someramente la obra excepcional del fotógrafo británico Don McCullin (Londres, 1935) para comprender su talento que le ha permitido ser lo uno y lo otro.
Su profesión le ha llevado a ser testigo de brutales sucesos cometidos por seres humanos sobre otros seres indefensos, ya sea en aras de políticas de estado o a partir de dogmas religiosos: la guerra, la opresión o la hambruna impuesta por fuerza del fusil.
Es necesario mirar su trabajo periodístico en Viet Nam, Biafra, Camboya, El Congo, Chipre, Bangladesh y Londonderry; o el Beirut fratricida de mediados de los años setentas, para apreciar la vocación humanista de este hombre.
Sus fotografías nos dejan entrever una denuncia contra las calamidades de la guerra. Nos incitan a cuestionar la destrucción y la barbarie en un siglo cuyo destino parece haber sido un constante inventario de horrores.
Más allá del fotógrafo de guerra lo que tenemos a la vista es al artista en función de testigo de atrocidades narradas visualmente para que el mundo tome nota.
Muchos cronistas de la era lo comparan con aquellos quienes representan lo más granado de entre los fotógrafos de guerra: los nombres de Robert Capa, Larry Burrows, W. Eugene Smith, saltan de inmediato a la memoria.
Es posible especular que el origen artístico de McCullin se remonta a mediados del siglo xix con el ejemplo, seguido casi al pie de la letra, de la carrera artística de Roger Fenton.
Fenton, fotógrafo inglés, comisionado por la reina Victoria viaja hasta los confines del imperio para fotografiar la Guerra de Crimea en 1855.
De regreso a Londres, con 350 placas de negativos monta varias exhibiciones no exentas de un aire de propaganda de estado. Los últimos años de su vida los divide entre dos disciplinas no necesariamente afines: el paisajismo y el retrato.
Su muerte temprana en 1859 lo habrá de consagrar como pionero de la fotografía de guerra. Sus naturalezas muertas, sus vistas de la campiña inglesa y sus retratos imperiales habrán de inmortalizar su fino olfato de artista.
Don McCullin empezó su carrera en Londres a principios de los años sesentas. Sus retratos de vagabundos a la deriva, alcoholizados sin sostén, dan los primeros indicios de una carrera que habría de dar frutos en su catálogo de horrores de la guerra.
Sus sujetos absortos en la contemplación de la muerte o a espera de ella nos hacen lectores en la enciclopedia de un siglo sin paralelos en la historia de la humanidad.
Y, sin embargo, de aquellas jornadas de pesadilla sale triunfante el artista que ha dedicado estos últimos veinte años a contemplar el lento andar de la historia desde otra perspectiva mucho más edificante: el paisajismo.
Empezando en la década de los noventa nos asombra con sus paisajes grises de campos sombríos, de nubes que cuelgan sobre un trasfondo de tramoya, de cielos profundos en un reflejo de agua en los alrededores de su residencia, en Glastonbury, Inglaterra. En ellos vemos el ojo del artista extasiado en el riguroso examen de la naturaleza que le rodea.
McCullin acaba de publicar un libro de paisajes donde nos muestra lo que queda del Imperio Romano después de dos mil años de historia.
Este trabajo es poco menos que un triunfo de su arte, visto como alabanza, en la consagración de la historia y la arquitectura imperecedera de la cultura romana.
Southern Frontiers (Un Viaje a Través del Imperio Romano) se llama el libro y es un tour de force que lleva al lector a través de El Levante, comenzando en las ruinas de Baalbeck en el Líbano, siguiendo el recorrido hacia Palmira, en Siria y Jerash, en Jordania.
La segunda parte, El Magreb, cubre un largo territorio que comprende los países costaneros del Norte de África, Marruecos, Argelia, Túnez y Libia.
El resultado del recorrido en mención encumbra a este artista, aún activo a sus 75 años, a un sitio de privilegio entre los grandes practicantes de la fotografía mundial.
Al contrario de Fenton, su émulo artístico, McCullin ha vivido lo suficiente para disfrutar de la paz que brindan la tranquilidad de sus paisajes y el respeto de un público que ve en él uno de los más insignes artistas británicos del último siglo.

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