Thursday, 19 February 2009

Memoria de Guillermo Cabrera Infante



Guillermo Cabrera Infante, Londres 1997
©Lalo Borja

A Guillermo Cabrera Infante, escritor cubano de alto vuelo, le conocí personalmente a través de una triangulación originada por el escritor caleño Umberto Valverde, en el verano de 1997.
Anteriormente había conocido parte de su trabajo, sus maravillosos Tres Tristes Tigres y La Habana Para un Infante Difunto; su gran diatriba contra el Castrismo en Mea Cuba; sus mesurados cuentos pre-revolucionarios en Vista del Amanecer en el Trópico; sus crónicas de cine en Un Oficio del Siglo Veinte y su inimitable don para los juegos de palabras a través de muchos otros escritos. También vi varias veces su película Vanishing Point y leí de vez en cuando sus crónicas en El País de Madrid.
Valverde se enteró que yo vendría a Londres a la boda de un cuñado inglés que alguna vez tuve y me pidió que trajera a su admirado escriba, radicado en Londres desde hacía mucho tiempo atrás, su último libro que acababa de publicar en Colombia, una historia de la Sonora Matancera.
Con el libro y la dedicatoria me acerqué hasta la casa del escritor y su esposa Miriam Gómez en la dirección que me fue dada. Allí llamé al timbre y desde las entrañas de un citófono me llegó la voz del escritor a quien expliqué que venía del trópico con un libro dedicado a él por un escritor y admirador colombiano.
Dentro de la casa, rodeado de montañas de libros, ataviado de un blanco inmaculado y rotundo como un Bhuda, estaba el gran escritor quien nos recibió muy amable y luego de expresarle mis respetos nos invitó, a mi y a mi compañera, a tomar un café.
Luego de los preliminares le presenté un regalo de mi propia cosecha: un retrato tomado en 1984 en San Francisco, de quien fuera su gran amigo, el director de fotografía de cine, Néstor Almendros, ya para entonces difunto. Después de eso hablaríamos de Colombia, de fotografía, de cine, de política y me deleitó con sus anécdotas de Jesse Fernández, el inolvidable fotógrafo cubano, cuya imagen de un cuarteto de música cubana adorna la portada de su libro más emblemático, Tres Tristes Tigres.
Terminada la charla y luego de haber alargado el café hasta las postrimerías de lo posible, le solicité que me dejara fotografiarlo a lo que accedió sin demasiado problema. Dos meses más tarde le sería otorgado el Premio Cervantes de Literatura.
Ahora, por estos días, he empezado a releer sus Tres Tristes Tigres y a solas tirado en la cama me río a carcajadas al encontrarme de nuevo con su ingenio, su genio escrito en la palabra oral; aquella virtud sin igual de darle manivela al humor que llevamos tan dentro y por encima de la tristeza todos aquellos que tuvimos la fortuna, a veces infortunio, qué carajo, de haber nacido en nuestros tristes trópicos.
Me viene una vez más a la memoria una expresión que le escuché a un amigo cubano en San Francisco quien dijo, refiriéndose a su pirotecnia verbal y su inigualable capacidad de sacarle punta a lo que fuera, que el escritor cubano era "un jodedor con balcón a la calle".
Bravo y breve.


El 21 de febrero se cumplieron once años de su muerte. Se sabe que sufrió una caída que requería tratamiento hospitalario. También se sabe que en el Hospital del distrito de Chelsea fue atacado por un virus que las autoridades sanitarias de la Gran Bretaña han tratado, hasta ahora con modesto éxito, de contener. Tenía 75 años.

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