Saturday, 25 September 2010

Otro septiembre sin Alberto Borja














La vida se compone de minúsculos eventos que añadidos uno a otro por el paso del tiempo, matizados por las tragedias que nos llegan, idealizados por los recuerdos que quedan a la vera del camino, van conformando una larga estela de imágenes que son ahora tan solo sueños, pero que en su momento fueron hechos reales dictados por la luz.
Tomemos por ejemplo esta fotografía tomada en 1976 de mi hermano Alberto Borja, cuando andaba por sus 25 años. Acababa de llegar de Nueva York, donde había estado viviendo desde hacía casi un año, y ha viajado hasta Toronto para una corta visita. Los diálogos se los llevó el viento apenas fueron dichos, pero él, lo que era aquella tarde, permanece en esta fotografía altivo como una estatua.
Imagino que habremos discutido y rememorado sobre tantas cosas como siempre lo hicimos: de amigos, de mujeres, de libros; que tal vez nos emborrachamos a punta de cerveza y que hemos fumado dios sabe cuántos tabacos verdes, sentados en la arena de la pequeña playa frente a mi casa que daba sobre el Lago Ontario y desde donde pienso pudimos haber admirado la ciudad al caer la noche y, ya entrada en la oscuridad, nos hemos quedado lelos frente a la imponente urbe resplandeciente de luces de mercurio.
En la tarde, antes de que el sol huyera tras los árboles, he sacado mi cámara para fotografiarlo posando de bacán muy a lo Paul Newman, sobre su bicicleta como en Butch Cassidy and the Sundance Kid, y la vida era tan solo un respiro continuo frente al mundo y éramos apenas unos niños grandes salidos del hogar materno jugando a ser mayores, ganando para el pan y la cerveza y los cigarros, en trabajos que iban y venían como las olas de aquella pequeña playa aquella tarde.
Hoy ya soy un tipo entrado en mis sesentas, la vida se me vino encima en un abrir y cerrar de ojos; la memorias han quedado catalogadas en un caótico espectáculo de cajas amontonadas por doquier, repletas de negativos y de pedazos de escritos en papeles de índole diversa.
Y hoy, precisamente hoy, veintiséis de septiembre del año dos mil diez, mi hermano menor viene de nuevo a la memoria en esta imagen, tomada a principios de un otoño hace ya tanto tiempo olvidado y me obliga a recordarlo en el aniversario de su muerte hace ya trece años, en la inevitable y dolorosa fecha que habré de acarrear en mi pecho hasta el final del tiempo.

Thursday, 9 September 2010

Friday, 3 September 2010

El paso inexorable, etcétera





































Decir que el tiempo pasa inexorable es una bobería tan grande como decir que la noche sigue al día o que el agua corre bajo el puente. Es, sin embargo, edificante y aterrador ver de manera palpable cómo tantas noches y tantos días han cambiado la expresión, el rostro, la tersura de la piel, el color del pelo, la expresión del muchacho de 25 años, porque sí, era apenas un muchacho la primera vez que se enfrentó a la cámara. Corrían los años fugaces de principios de los setentas y aún vendrían muchas aventuras y demasiadas locuras por cometer, mucha tela de donde cortar, muchas experiencias qué vivir antes que el rostro se convirtiera en el rostro del abuelo que había ya muerto en 1964.
Es iluminante, por decir lo menos, enfrentarse a esos fantasmas de antaño, ahora que el otoño de este año entra en vigor como lo ha venido haciendo desde el arribo a los cincuenta, esa marca que parece dividir lo nuestro, ahora, con lo aquello que alguna vez debió pertenecernos.
Han pasado once años desde que llegué al quinto piso, como dicen de manera cordial y medio pendeja, los hombres cincuentones en mi pueblo; como si se tratara de endilgar al hecho perecedero un aire de conversación amena y no lo que verdaderamente representa.
De todas formas, heme aquí, vestido tal como era y como soy y como no lo seré por mucho tiempo.